Bill Callahan sigue esculpiendo su particular leyenda a fuego lento, siempre en los márgenes de la gran industria pero con la indiscutible solvencia del songwriter que aspira a forjar su gran novela americana a base de nuevos capítulos y que en su caso se materializan en discos. Es el caso de este álbum de oro, séptimo en solitario tras la singladura de Smog: diez canciones austeras, subrayadas por una desnudez que abunda en esa sensación de trabajo hecho a mata caballo, registrando la naturalidad de las ideas recién paridas.
El resultado no deja de ser bastante más monocromo que el de Sheperd In A Sheepskin Vest (2019), rítmicamente menos jugoso, también menos cálido (a veces suena como el reverso risueño de Apocalypse (2011), pero manteniendo intactas las mejores señas de identidad de su lenguaje: su habilidad para lograr que unos arreglos mínimos sean los justos, que nada sobre ni tampoco falte – la trompeta en “Pigeons” o “Cowboy” o el sintetizador que apuntala “Another song” se suceden como oportunas pinceladas – , la narratividad impuesta por su secular voz de barítono, siempre expidiendo una gravedad cada vez más socarrona, y esa depuración de estilo que en los últimos tiempos se acolcha líricamente en la serenidad doméstica de sus días como marido y padre de familia en Austin. La que le lleva a dedicar una canción completa a describirnos cómo es un desayuno cualquiera junto a su señora esposa “Breakfast”, a recomendarnos la bendita conveniencia de la vida en el campo “Let’s Move To The Country”, a recordarnos que Ry Cooder es un francotirador a quien es de ley llamar de usted “Ry Cooder” o a delegar en Johnny Cash y en Leonard Cohen – a quienes cita al principio y final, respectivamente, de “Pigeons
”: es este otro trabajo con abundante name dropping – para pulir su “Famous blue raincoat” particular.

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